Siempre he pensado que todo ocurre por una razón, y que cada cosa sucede en su justo momento.
Por eso, es increíble que después de todo el tiempo que viví en la isla, sea ahora, en un viaje, tiempo después, cuando descubrí el hechizo de los tambores a la caída del sol en Benirrás.
Momento en el que vuelves a tus raíces, conectando con la madre tierra, con los fascinantes colores del atardecer, sintiéndote más libre que nunca.
El sonido de los tambores y las flautas de las decenas de artistas que allí se convocan, entra en tu torrente sanguíneo, llevándote a ese trance natural que solo en ese preciso instante te recuerda que somos uno, que todos formamos parte de un puzzle infinito en constante creación. Cuando cada uno ocupa el lugar que le corresponde, el puzzle recupera su armonía...
Las piezas pueden desordenarse durante mucho tiempo, encajando mal en lugares que no le corresponden, pero es en esos momentos mágicos, cuando te das cuenta de que todo toma forma de nuevo y la existencia alcanza su sentido más íntimo y profundo. Y eso es lo sucedió en aquel paréntesis lleno de vida.
Si vas este verano a Ibiza, no te pierdas esta experiencia mística, todos los domingos, cuando el día se despide, en Benirrás.
El alma recibe alimento con su contemplación, sobre todo cuando en la distancia, las montañas se perciben como una sinfonía de azules que van oscureciéndose hasta alcanzar un matiz índigo.
Gradualmente se difuminan y solapan hasta difundirse con el cielo del atardecer .
El ocaso termina diluyendo lo visible a la vez que nos conduce por los senderos que llevan a la magia de la noche, tiempo en el que nuestros anhelos se transforman en sueños.
Porque nuestra esencia no es distinta de aquella que constituye todo lo que vemos. Y, cuando observamos con detenimiento cuanto nos rodea, comprendemos que ese todo es parte de nosotros, puesto que somos agua, aire, tierra y fuego, como cualquier otra criatura de la creación. Y tan nítidos o difusos como son los sentimientos...








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